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Si todos fuéramos veganos, ¿sería más sostenible el planeta?

Se calcula que el número de veganos ha aumentado en un 160% en los últimos 10 años. 

Según un estudio realizado en Gran Bretaña, para que sus habitantes sigan una alimentación con una cantidad moderada de carne, leche y huevos, además de frutas y verduras, se necesitan 11 millones de hectáreas de tierra. Si todos dejaran de comer animales y sus derivados, bastarían tres. Siguiendo esa premisa calculan que en el Reino Unido quedarían liberados para repoblar bosques y como zonas naturales 15 millones de hectáreas hoy dedicadas a la agricultura y la ganadería.

Quienes piensan que no hay terreno en el mundo capaz de cultivar todos los vegetales que se necesitan para alimentar a sus habitantes, se puede argumentar que las tierras de cultivo se dedican en buena medida a pastos y forraje para el ganado y no para la nutrición humana.

Según los expertos, tanto los cereales como las legumbres y otros productos que consumen los animales son más eficientes cuando los ingerimos directamente que si se utilizan para alimentar a pollos y vacas, que consumiremos después. Es decir, que cada caloría que llega a un animal no se convierte en una caloría cuando su carne llega a nuestra boca, sino que pierde parte de la energía por el camino.
Concluyen que el país tendría recursos propios suficientes para alimentar a 200 millones de personas y que el planeta se beneficiaría si la idea se hiciera extensiva a otras zonas del mundo.

Verduras que viajan demasiado
Se calcula que el número de veganos ha aumentado en un 160% en los últimos 10 años. Llenar la cesta de la compra de tanta gente con productos vegetales suscita otros problemas que afectan, y mucho, a la sostenibilidad.

Hay que disponer de esos productos durante todo el año, especialmente en los países occidentales, que es donde más ha aumentado el número de personas que prescinden de la carne y el pescado. En muchos de ellos el clima no permite la variedad de cultivos ni de frutas y vegetales, por lo que la importación es vital para garantizar una buena alimentación.

La solución es recurrir a los cultivos de zonas cálidas y fértiles, que se encuentran realmente lejos. Se emplea mucho carburante para el transporte, con sus consecuentes perjuicios, entre ellos el consumo de combustibles fósiles y el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque la carne y el pescado también van de un lado a otro, y está demostrado que la ganadería se lleva la palma ensuciando la atmósfera (sus emisiones representan según Naciones Unidas la quinta parte del total). Pero no es lo único a tener en cuenta. No hace falta ser un matemático para calcular que suministrar a un mercado global cada vez mayor de amantes de lo verde obliga a multiplicar exponencialmente la producción y la exportación desde los países de donde proceden muchos productos, especialmente los tropicales.

 

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