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El plan de Sanidad despierta dudas

Albert Molins RenterLa Vanguardia
El plan de Sanidad para mejorar la calidad de los alimentos ultraprocesados despierta dudas. A principios de febrero, el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad presentaba el Plan de Colaboración para la Mejora de la Composición de los Alimentos y Bebidas.

A principios de febrero, el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad presentaba el Plan de Colaboración para la Mejora de la Composición de los Alimentos y Bebidas, con la intención de que mejore la calidad de los productos que forman la cesta de la compra de los españoles y, por ende, su salud.

Puesto que, como dice Alejandro Oncina, dietista-nutricionista e investigador de la unidad de Epidemiología de la Nutrición de la Universidad Miguel Hernández, “poco hay que mejorar en la fruta, la verdura, los frutos secos o el agua”, la composición que el plan quiere mejorar es la de los alimentos ultraprocesados. Estos –como reconoce el propio ministerio– suponen el 44,5% de la energía diaria que ingieren los españoles, y también esos que son los responsables –junto con un estilo de vida poco saludable– de obesidad y enfermedades cardiovasculares, y que, según dicen los dietistas-nutricionistas, siempre son una mala opción.

Básicamente, lo que busca el plan es el compromiso por parte de la industria alimentaria para, en el plazo de tres años, bajar los niveles de azúcar, sal y grasas saturadas en un catálogo de más 3.500 productos, que incluye platos preparados, bebidas refrescantes, aperitivos, salsas, cereales de desayuno, galletas y helados, lácteos, derivados cárnicos, zumos de frutas, cremas, pastelería, pan y bollería.

El 44,5% de la ingesta diaria de energía procede de este tipo de productos muy elaborados. Y ahí empiezan las críticas por parte de algunos dietistas-nutricionistas, que consideran que lo que se propone ahora incide en el viejo error de seguir haciendo “hincapié en los ingredientes y no en los alimentos”, como dice Elena Roura, doctora en Dietética y responsable de hábitos alimentarios de la Fundació Alícia. La diferencia es importante porque, según Alejandro Oncina, “si lleváramos una alimentación basada en alimentos poco o nada procesados, casi seguro tendríamos nuestras necesidades de nutrientes cubiertas”, y por tanto “hay que asumir que para que la población coma mejor hay que poner el énfasis en materias primas saludables”, añade Aitor Sánchez García, dietista-nutricionista y divulgador. Por poner un ejemplo, “un plátano tiene más vitamina B6 como la que puede tener un postre lácteo que se publicita como rico en este nutriente y es mucho más barato”, dice Oncina.

El plan se ha elaborado con el consenso de los sectores de la elaboración, la distribución, la restauración social (colegios y hospitales), la restauración tradicional y el vending, y de la Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas.

En total, más de 500 empresas implicadas, para las que Oncina opina que “el plan es un lavado de cara”, mientras que Sánchez cree que “quizás es momento de que el ministerio se replantee sus colaboraciones con entidades que venden bollería, dulces, refrescos, embutidos y bebidas alcohólicas”, porque la solución a los problemas de salud derivados de una mala alimentación basada en ultraprocesados “no van por ese camino”.

La reducción es voluntaria y el propio sector dice que no basta para mejorar la salud. En cualquier caso, las disminuciones, según se dice en la letra del plan, se han enfocado “fundamentalmente a reducir, en torno al 10%, el contenido en azúcares añadidos”, aunque en productos como la mayonesa de bote la reducción propuesta es del 18%, y en los productos lácteos, como flanes y natillas, del 3,5% al 7,4%. El plan también quiere bajar los niveles de sal entre el 16% de los derivados cárnicos y el 5% de salsas como el ketchup; y el de grasas saturadas, entre el 10% de los aperitivos salados y el 5% de las galletas, por ejemplo.

Y aquí, de nuevo, aparecen los peros de los dietistas-nutricionistas que consideran que las rebajas son insignificantes por un lado, y que incluso pueden llegar a ser contraproducentes por el otro. “¿De verdad hay alguien que piense que porque una galleta lleve 27 gramos de azúcar en lugar de 30 gramos va a solucionar el panorama actual?”, se pregunta Sánchez.

Los expertos creen que la iniciativa puede llevar a creer que estos productos son sanos. Para Oncina, centrarse en bajar tan poco los niveles de azúcar, sal y grasas “puede ser contraproducente, ya que la gente puede pensar que si algo tiene menos cantidad de alguno de estos ingredientes es que es más sano, y esa falsa percepción puede hacer que se incremente su consumo”, cuando la realidad es que “ni aunque los bajáramos mucho estaríamos contribuyendo a mejorar la salud”. Por eso Roura cree muy importante vigilar para que no se confunda al consumidor “y este no crea que reducido en sal significa lo mismo que bajo en sal, hay que ser especialmente cautos con el etiquetaje”.

Para Roura “es importante que la gente sepa qué significa comer de forma equilibrada, y el plan del ministerio dice muy poco al respecto”. Ambos expertos creen que la lucha contra la mala alimentación tiene que partir de un abordaje multisectorial y, por ejemplo, “no tiene sentido que se hagan programas de concienciación en la escuela si después la publicidad va en sentido contrario”, dice Roura. Tener tiempo para ir a comprar alimentos frescos y para cocinarlos son dos aspectos clave, según Roura y Oncina, para mejorar nuestra alimentación.

No eres lo que comes, comes lo que eres.  Un estudio de la Universidad de Stanford –de la socióloga Priya Fielding Singh– ha llegado a la conclusión de que el estatus socioeconómico de las familias afecta no sólo al acceso a alimentos saludables, sino al significado de la comida que transmiten a sus hijos. Y es que mientras que todos los niños piden comida basura por igual, los padres responden de manera diferente. Una mayoría de los padres con más recursos económicos dicen no a estas peticiones. Por el contrario, los padres con menos dinero casi siempre dicen sí. La razón no está sólo en el dinero, sino en el significado que estas solicitudes tienen para estos padres. Pero es imposible que un padre diga siempre no a sus hijos, y siempre es más barato decir sí a una bolsa de patatas fritas que a un smartphone.


FUENTE: http://www.lavanguardia.com/

 

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